Fuerza bruta, la raíz de la violencia masculina

Dejo de hablar de fútbol por un rato y ocupo mi espacio propio para expresar mi sentir frente a la violencia machista que no podemos permitir que continúe.

Siempre he tenido esta visión sobre la raíz, la base de la violencia machista y me parece tan obvia que poco y nada se discute. Inevitable porque nacen con ella y se ha transmitido de una generación a otra por siglos, aunque por cierto es reeducable. Los hombres llevan siglos matándonos, violándonos y pegándonos porque desde el inicio de los tiempos se dieron cuenta que podían someternos usando la ÚNICA real diferencia que realmente les da ventaja sobre nosotras: su fuerza física. Y siendo más específica -tomando en cuenta estudios científicos- la fuerza física del tren superior del cuerpo.

Los hombres son en general más fuertes por un tema de tamaño y porque justamente tienen ventaja al usar su tren superior a la hora de someter y golpear a mujeres, sin necesidad de armas o elementos externos. Si a eso sumamos el hecho de que la adrenalina aumenta considerablemente la fuerza de alguien descontrolado, por rabia o excitación, para un hombre sólo sus manos y brazos son suficientes para neutralizar a una mujer, acorralarla e inmovilizarla al tomarla de los brazos o el cuello.

Ni decir lo que la fuerza bruta de un hombre puede hacer en la cara y cuerpo de una mujer cuando se ha desatado su locura, terminando en desfiguración, violación, fracturas o muerte.

Ante esto, la única manera en la mujer ha visto posible defenderse es usando elementos externos pesados como extensión de sus brazos o bien aprendiendo técnicas de defensa personal. No para saber cómo pegar más fuerte, sino cómo neutralizar el ataque y dónde pegar mejor para transformar ese déficit físico en un uso más eficiente e inteligente.

Una aprende a sobrevivir en este far-west de género así. Lamentablemente, el miedo y el sometimiento psicológico logra -en casi todas las víctimas- ser más fuerte, por dependencias económicas y emocionales, además de las amenazas de daño justamente físico. Porque el hombre sabe que le basta un golpe seco de su puño o un zamarreo y nada más, para dejar a su víctima aturdida, inconsciente, en el suelo, lista para rematarla si él lo decide. La víctima se siente a total merced de la voluntad de su agresor. Es poco lo que siente que puede hacer.

El tema es que esa “simple” diferencia biológica (testosterona+músculos+adrenalina) ha llevado a siglos de abuso y sometimiento del que la mujer ya se hartó. Porque hasta sólo unos años atrás, pensar en que una mujer le pudiera reclamar a un hombre por cualquier aspecto en el que ella se sintiera tratada injustamente, podía transformarse en castigos de todo tipo. Y lógicamente, desde que el primer hombre se dio cuenta que podía dominar a la mujer a través del miedo y los golpes, no paró más. Pero ayer la multitudinaria marcha pareció marcar un definitivo “No Más!”, una demanda de cambio rotundo que no puede esperar ni un día más.

Este estallido social, este conmovedor y profundo hartazgo masivo es la más reciente expresión de una liberación que lleva muchas décadas de lenta cocción. Desde la lucha por el derecho de trabajar dignamente y votar, hasta todos los problemas de equidad, discriminación y violencia de mil tipos distintos contra los que seguimos luchando hoy.

Por lo tanto, aquellos que dicen que la violencia no es de género, sino violencia y punto, se pillan solos en su discriminación, defendiéndose y sintiéndose aludidos por quién sabe qué. No son capaces de ver que los niveles de disparidad en casos de violencia de hombres hacia mujeres (versus lo contrario) es tan enorme -sólo por tener una fuerza física superior a la nuestra- que les basta para intimidarnos, amenazarnos, golpearnos, rompernos, violarnos y matarnos. Esa fuerza brutal mal utilizada que termina en cientos y miles de violencia en todo el mundo, y que no suceden en directa proporcionalidad de mujeres hacia hombres, es lo que da la razón más que suficiente para llamar a este tipo de violencia “de género”, con resultado de “femicidio”.

O por qué creen -haciendo una analogía con el deporte- que hombres y mujeres no compiten a la par en la mayoría de las disciplinas? Por qué el levantamiento de pesas tiene tanta diferencia entre ambos sexos o por qué no corren simultáneamente hombres y mujeres? Por citar apenas un par de ejemplos… Simplemente porque hombres y mujeres en su mayoría no son equiparables en tamaño o capacidad física.

Pero ese horrible aprovechamiento milenario de fuerza física es sólo el comienzo y la base de una relación de dominación masculina-inferioridad femenina que también lleva siglos y que en el mundo de hoy se traduce no sólo en golpes, violaciones y femicidios. Porque a las que no nos pegan, violan o matan, igual nos agreden impunemente con discriminación laboral y desigualdad salarial (se los dice unA periodista deportivA en Chile), acoso de todo tipo en distintos ámbitos (calle, trabajo, redes sociales), degradación de género en el lenguaje, leyes que lejos de protegernos, parece que protegieran más a estos monstruos, y peor aún, esta dominación se sigue traduciendo en una sociedad entera que por generaciones ha sido educada para discriminar y minimizar a la mujer… incluso por las mismas mujeres!

A veces no nos damos ni cuenta. Así de arraigado está. Por eso, aunque estas manifestaciones nos acercan más al fin de la dominación y agresión masculina, aún falta mucho, tanto. Y debemos empezar por nosotros mismos. Porque el que no pega ni acosa, igual le dice a su hijo que si llora “es niñita” o me manda un mensaje por Twitter diciéndome que no puedo hablar de fútbol porque soy mujer y me manda a la cocina, o no me quiere contratar ni darme más oportunidades o pagarme lo que corresponde a mi experiencia sólo porque en su cabeza no puede ver a una mujer como alguien equivalente a un hombre para hablar de la pelota. Y tantos otros ejemplos en otros ámbitos.

Todo eso también es violencia hacia la mujer. Yo le llamo “violencia silenciosa”. Una violencia tan arraigada que hace a nuestra sociedad enferma desde la raíz de la familia hasta su reflejo en las diversas interacciones que se entablan para vivir diariamente.

Yo no he sido víctima de violencia física, pero sí de, al menos, todos los otros tipos que describí más arriba. También estoy harta. Esto cansa y mucho. Cansa sentir miedo, rabia, frustración, por una misma o por otras. Pero más que sólo unirme con fuerza al #NiUnaMenos, deseo de todo corazón llegar al #LosDosJuntosEnPaz.

P.D.: Pienso también en esa mayoría de hombres lindos, buenos, conscientes y dulces con nosotras -como el mío- que hacen de su género uno al cual aún amar.

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