Ella…

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De los miles de carteles de Missing, pidiendo información sobre personas desaparecidas el 9/11 en el World Trade Center, su cara fue la que siempre vi más en todos lados. En los muros de iglesias, cuarteles de bomberos, estaciones de metro, con velas, banderas y rezos, en el uptown, midtown y downtown Manhattan. Mi amada New York City

Siempre que veía su afiche, con su foto en blanco y negro o en colores, me llamaba la atención lo linda que era. En la foto a color, que estaba en la estación de metro cerca de mi casa, se veían claramente sus rasgos claros, sus ojos que yo veía verdes, pero el cartel decía “pardos”, y una preciosa sonrisa de felicidad junto a su nombre. Era latina. Quizás se me quedó tan grabada todos estos años porque su imagen no coincidía con la apariencia clásica de quienes somos llamados Latinos en los Estados Unidos. 

Durante el mes y medio que estuve reporteando todos los días en las calles de Manhattan, siempre llevé colgada una cámara Canon análoga (lo digital aún no era masivo) para fotografiar todo lo que podía, con la intención profunda de impregnar en la película el momento histórico mundial que me había tocado vivir como ciudadana de Nueva York. Aunque estoy lejos de ser fotógrafa profesional, sabía que tenía que registrar, no importaba cómo, las reacciones, el dolor, la destrucción, el miedo, la desconcierto, el trauma que me rodeaban y del que además yo era parte. Un poco también para salvar mi propia y quebradiza memoria, mi propia historia. 

De las 300 ó 400 fotos que tengo en papel de esa época tan importante de mi vida, y esos días enteros en la calle, hay muchas imágenes de esos muros tapizados de afiches por toda la ciudad. Missing. Missing por todos lados. Qué desesperación más grande.

Penn Station – A line – NYC Subway

Cada tanto las saco para verlas, porque mi amor por Nueva York es eterno, porque necesito reconectarme con “mi ciudad” a través de esas imágenes que son, al final, capturas congeladas de distintos segundos de mi propia existencia allá.

Y ahí aparece ella, una vez más y siempre. Por algo le saqué la foto, como a ningún otro cartel en especial… Todo el tiempo me pregunté si al final de todo habría aparecido. Si quizás, después de todo el horror, realmente sólo estuvo desaparecida por un tiempo y no había podido volver porque había quedado amnésica o… quién sabe. Siempre hay casos que rompen todas las probabilidades. Milagros. Aunque en el 9/11 nunca me enteré de ninguno. Aún así, el status de Missing (Desaparecida) me dejó siempre con la duda, con la esperanza. 

Pero la verdad más profunda y cruda era que yo y todas esas familias, sabíamos perfectamente que el margen de tiempo para las improbabilidades se había agotado hace rato. El milagro, a esas alturas, era simplemente encontrar los restos de los protagonistas de esos afiches. Ni pensar en cuerpos… Restos. Apenas. 

Con ese dolor infinito, no puedo olvidar jamás que trabajando en la cobertura del primer aniversario vi directamente cómo los familiares de los muertos entraron a Ground Zero para nombrar en la ceremonia oficial a cada uno de sus seres queridos y, cuando volvían a sentarse, pasaban por el altar circular y tomaban un puñado de tierra que guardaban para ellos en cajitas o botellas que habían llevado, porque esa tierra era la única esperanza y posibilidad de recuperar alguna partícula de ese padre, madre, hijo, hermano, hermana, esposo o esposa que había muerto a pedazos, quemado, desintegrado, pulverizado con el impacto del avión, el incendio o derrumbe de las torres. Esa escena se ha quedado conmigo para siempre. Sentía que al verlos, absorbía su dolor. Mi corazón se rompió con el de ellos una y otra vez porque es lo más desgarrador y triste que he visto en mi vida. 

Y yo tan ingenua, a mis 25 años, haciendo mi trabajo, con el micrófono preguntándoles antes de la ceremonia si después de un año había closure (cierre del duelo) para ellos. Claro, con sus familiares desintegrados y reabsorbidos en algún lugar de Ground Zero o del aire que respirábamos en Manhattan… Ese día entero, hubo un extrañísimo viento tibio que levantó tierra por toda la isla. Se metía en los ojos, se pegaba en el pelo, en la piel. Me acuerdo que en la tarde, agotada física y emocionalmente, me fui a dormir una siesta a Central Park y cerca mío algunos decían que ese viento y esa tierra recorriendo la ciudad, eran los muertos.

Hace diez años vi Extremely Loud and Incredibly Close, quizás la primera película que aborda directamente las consecuencias de la pérdida, en este caso de un padre, después del 9/11. Y el niño protagonista, dañado en lo más profundo, le reprocha a gritos a su madre que enterró un ataúd vacío y que su papá estaba esparcido en todos lados, en las cenizas, en el río, dentro de los pulmones de quienes lo respiraron. Y se me caían las lágrimas al escucharlo en su desgarro porque en todo ese tiempo ahí, trabajando en Ground Zero, con ese olor ácido y quemado, eso era lo que siempre pensé y sentí: Que todo ese tiempo estuve respirando a los muertos. 

En 2013, por primera vez, me atreví a buscarla a ella en la lista de las víctimas, como aquella confirmación que uno necesita para probar lo que uno ya sabe. No me acordaba de su nombre, pero sabía que al leerlo la reconocería inmediatamente. Mi corazón saltaba mientras avanzaba en el orden alfabético, con esa tristeza irreversible de revivir cada año esa mañana de 9/11/01. 

Carmen Rivera -vista por última vez en el piso 74 de la Torre 2- murió el 11 de Septiembre de 2001, 20 días después de haber cumplido 33 años de vida. Nunca me enteré, hasta entonces, que fue madre y esposa. Hoy, tendría 53 años.