Sapito Livingstone, eterno en el corazón

Hoy se cumplen cuatro años desde la partida del más grande comentarista deportivo y una leyenda de nuestra historia deportiva. Donde Sergio Roberto Livingstone. No ha muerto realmente porque jamás se le ha olvidado. Aquí les dejo lo que escribí tras su partida en 2012: 

Si bien no tengo décadas de momentos junto a él, las vivencias espaciadas que pude recolectar durante los últimos 20 años de mi vida y que involucran a Sapito Livingstone son absolutamente significativas e inolvidables para mí. Especialmente la primera de todas y las últimas, ya cumpliendo el sueño de trabajar junto a él en TVN. En este momento de su partida física, simplemente siento la necesidad de sacarlas afuera, quiero expresar lo afortunada que fui cada vez que coincidimos en el mismo tiempo y espacio.

Conocí a Sapito Livingstone a los 15 años cuando fui a Radio Nacional, en San Antonio 220, a pedir trabajo en MasDeporte, el programa que yo escuchaba religiosamente todos los días, en sus tres ediciones, no importa donde estuviera: El colegio, el metro, mi casa. Soñaba con trabajar en ese panel en el que yo también “participaba” a la distancia cada vez que escuchaba a Tito Fouillioux, Milton Millas, Héctor Vega Onesime, Gerardo Ayala y tantos otros que trabajaron ahí. Me sentía preparada y decidida. Llegué a la radio al terminar el programa y pedí hablar con él. Salió a atenderme casi inmediatamente a la modesta recepción de la radio. Le conté a lo que iba y lo que pretendía. Lejos de extrañarse o de reirse, me preguntó la edad y le conté que ya había incursionado en prensa y TV hablando de fútbol. Me dijo que le parecía muy bien, pero que no dependía de él darme una oportunidad. “Yo no corto el queque aquí. Vuelve mañana. Yo hablo con Milton y te apoyo desde atrás”. Volví sin falta al día siguiente, esta vez antes del programa y ahí sí, Milton salió a recibirme y me llamó inmediatamente por mi nombre. Sabía perfectamente quién era y a qué iba. Sapito había cumplido exactamente su palabra. Le había contado a Milton de mí y ese día me quedé a ver el programa, en la primera de una serie de visitas que se repetirían sucesivamente a lo largo de los años, tanto en San Antonio 220, como en la sede nueva de Lastarria, cuando Nacional se cambió de casa y luego en Agricultura y los hoteles Parinacota y Radisson, cuando el programa se mudó de dial.

Además de la ternura y generosidad que Sapito tuvo conmigo esa primera vez, luego, siendo yo más grande y ya estudiando Periodismo, él siempre estuvo dispuesto a responder mis preguntas o darme entrevistas cuando iba a verlo, para hacer mis trabajos universitarios, que siempre eran sobre fútbol.
En el anuario que hicimos al salir de Cuarto Medio, mis compañeras terminaron su dedicatoria diciendo: “Te veremos en el Zoom Deportivo”. Casi. Con otro nombre, tuve el honor de ser considerada y elegida para formar parte de ese equipo y cumplir mi sueño de trabajar junto a mi adorado Sapito Livingstone. Maestro total, fuente de sabiduría. Hablara de lo que hablara, más aún si era de fútbol, jamás había desperdicio en sus palabras. Incluso, cuando muchos querían jubilarlo, quizás hablaba menos, pero cuando lo hacía siempre era sabio, preciso, informado, moderado, marcando siempre la diferencia gracias a su enorme experiencia como futbolista, integrada a la de comentarista. El mejor de todos. Sin darse jamás la más mínima auto-importancia. Él simplemente disfrutaba haciendo su trabajo, que afortunadamente también era lo que amaba. En eso yo también me reflejo.
Durante los tres meses -y para siempre- en que trabajé con él, semana a semana, intenté aprovecharlo al máximo: Me sentaba a su lado en las reuniones de pauta y siempre que pude, y no era inoportuno, le pregunté sobre su época de jugador en su calidad de historia viviente del fútbol chileno. Inolvidable fue cuando hablamos de quién era el mejor de la historia para él y nos dijo “Di Stefano. Era el más completo de todos.” Y le pregunté, como niña ansiosa, si le había tocado enfrentarlo y nos dijo: “Sí. Un par de veces.” Ya no me quedaban ojos para seguir abriendo, ni corazón para tanta emoción. “¿Y le hizo algún gol?” “Sí, uno. En un Sudamericano. Empatamos 1-1 y fíjate que el empate lo anotó Fernando Riera, nada menos. Lo que era muy raro porque Fernando no hacía muchos goles”. Me imaginé la escena. Alfredo Di Stefano frente a Sergio Livingstone. Morí. Me sentía en el cielo. Quería secuestrar a Sapito y sentarme con él a conversar por horas. Nunca me atreví a pedírselo. No quería molestarlo.

Siempre preocupado, siempre generoso, cariñoso y expresivo, a Gustavo Huerta le decía “Gustavito”, preguntaba por él cuando no lo veía y le tomaba la mano cuando aparecía. Con su nieto Cristián era el abuelo más adorable. Se despedía, le decía “mi amor” y le daba un beso en la mano. En realidad, ahora que lo pienso, no es coincidencia que Sapito fuera arquero. Con sus manos contenía y traspasaba afecto, preocupación por los demás. Recuerdo un día en que Michael Müller llegó con bombones Garoto para la pauta y todos sacamos uno. Él pidió dos: “Otro para la Cecilia porque está muy flaca!”. Así como me piropeaba los domingos en la noche antes de salir al aire, también se preocupaba y me decía que tenía que comer más.

El día en que llegué a la reunión de pauta para anunciar que renunciaba, su primera reacción fue levantar la mano y decir “Puedo protestar?” Y remedó graciosa y adorablemente el llanto de un niño: “No quiero que se vaya, me va a dejar solo…” Fue hermoso, pero se me apretó el pecho y al intentar repetir compungidamente por qué me iba, me tomó la mano, me interrumpió amorosamente y me dijo con toda su sabiduría: “No te preocupes. No des explicaciones. No tienes por qué darlas. Tú simplemente haz lo que es mejor para ti. No tienes que explicarnos nada.” Y mantuvo mi mano tomada por un rato. Cómo no amarlo. Admito, como varios, que veía mucho de mi Tata en él. Y el cielo sabe cuánto extraño a mi abuelo.

En este momento más que nunca veo la suerte inmensa que tuve de haber estado con él celebrando su último cumpleaños, en vivo al aire, haciéndole saber que la gente le mandaba todo el amor del mundo. Le conté fuera de cámara que era TT en Twitter, le expliqué lo que era y todo lo que dijo fue: “Chuuuuuuuuuuu…”. A él no le gustaba ser el centro de atención, ni la estrella, aunque no pudiera evitar serlo. Recuerdo que al soplar las velitas de la torta dijo: “Basta! No quiero cumplir más años!” Y todo lo que pensé en ese momento fue: “Sapito no diga eso, que es un decreto muy fuerte, porque la única manera de no cumplir más años es morirse y ud. no tiene permiso.”. No llego a recordar si se lo dije.

Consciente de que su edad podía hacer que cada momento fuera el último, siempre que me despedí de él le dije que lo quería mucho. Desde esa noche larguísima en que grabamos el comercial del programa en el Bicentenario de La Florida. Hasta las tres de la mañana. Y él, sin quejarse ni chistar un minuto. Al contrario, siempre de buen humor, compartiendo un cafecito y un sanguchito, echando la talla, lleno de dulzura y sencillez.

Qué fortuna la mía haber cumplido mi sueño. Muchas veces se dice que es mejor no conocer a los ídolos, pero en este caso me faltó tiempo. Todo lo adorable y entrañable que Sapito podía ser viéndolo o escuchándolo desde afuera, al compartir con él desde adentro, se multiplicaba. Un SEÑOR como ya no vienen al mundo: Honorable, comprometido, lleno de valores, espontáneo, honesto, sabio, transparente, generoso… LUMINOSO. De corazón tan grande. Un hombre que jamás se aprovechó de su nombre o su posición para obtener ventajas o privilegios, aún pudiendo hacerlo.  

GRACIAS SAPITO LIVINGSTONE, gracias infinitas por inspirarme, por ser ejemplo, por apoyarme y ayudarme siempre, por darle tanto al deporte de nuestro país y a nuestra profesión. Y pensándolo bien, “Gracias” no basta. La mejor manera de agradecerle y ser consecuente con su legado es tomar lo mejor de lo que él fue y replicarlo. Sapito adorado, su luz nunca se apagará. Espero, al final de mis días, llegar a ser aunque sea un poquito de morrocotuda como ud.

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